Andrés Sánchez Robayna | Eugen Dorcescu, entre la esencia y la existencia*

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Lo primero que habría que decir, ante un libro tan peculiar como el que el lector tiene ahora entre sus manos, es que no hay que dejarse llevar por lo que el título —tan atrayente en su simplicidad— parecería indicarnos en primera instancia. Poemas del Viejo, en efecto, remite en seguida, aparentemente, a versos que se escriben en la etapa final de una vida, y que pueden abordar temas muy heterogéneos. Versos de ese tipo —quiero decir, versos correspondientes a esa fase última de la vida, y de temática muy variada— los escribieron Lope de Vega y John Donne, Goethe y Victor Hugo, Giuseppe Ungaretti y Jorge Guillén. A la etapa final de Lope, por ejemplo, se le ha querido dar el nombre de «ciclo de senectute», por más que en él no todo fueran actitudes ascéticas y meditatio mortis: también hubo espacio y tiempo para el juego, la risa, la parodia. Si pensamos, por el contrario, en Ungaretti y su libro de 1960 Il taccuino del vecchio, lo que observamos es el conjunto de las obsesiones que ya conocíamos en libros anteriores del poeta italiano, ahora bajo la «mordedura» (l’addentare) del tiempo y sus estragos. «Yo creo —escribió Ungaretti— que en la poesía de la vejez no se da la frescura, la ilusión de la juventud, pero creo que se da una suma tal de experiencia que se llega —y no siempre se llega— a encontrar la palabra necesaria, se consigue la poesía más alta.» Pero los temas del taccuino, reconozcámoslo, seguían siendo muy variados: la soledad, el dolor, el corazón que aún ama.

En los Poemas del Viejo de Eugen Dorcescu estamos ante una realidad o un mundo bien diferente. Desde la pieza inicial, lo que en ellos se aborda y se explora es la experiencia misma de la vejez, esa dramática realidad de un ser que, de hecho, no vive, sino que se sobrevive a sí mismo, como se nos dice en un momento dado. Claro está que aparecen aquí, de manera paralela, otros temas (desde la corporalidad hasta la «niebla» de Thánatos), pero todos ellos giran en torno al significado de la vejez, una vejez que llega al final de «la aventura incomprensible de la existencia». De ahí el sostenido dramatismo de estos versos, su profundidad que es, al mismo tiempo, angustia y voluntad de conocimiento. Del viejo se habla aquí siempre en tercera persona («El viejo conoce exactamente…», «el viejo observa», «el viejo se obstina…»), como si esa distancia permitiera a la voz lírica objetivar la realidad de la que habla, el mundo de ese ser «trágico y desgraciado» inscrito entre el aire y la ceniza. Pero también hay aquí belleza, una «belleza desgarradora» del ser consciente de su finitud y de la solidaridad y la armonía del cosmos. La existencia aguarda su fin, y se entrega a él para que tenga lugar el flujo eterno del cosmos, para que el ser pueda ascender «los peldaños eternamente jóvenes de la eternidad».
Cuando, en la primavera de 2009, leí por vez primera —y por un feliz azar— la poesía del rumano Eugen Dorcescu (Timisoara, 1942), no pude menos que experimentar la sensación de estar ante un autor en el que convergen algunas líneas esenciales de la lírica moderna. Una honda exploración del sentido de la trascendencia —a veces inseparablemente unido a las lecciones de la mística occidental— se da la mano, en esta poesía, con una poderosa búsqueda metafísica («metafísica, no filosófica», insistía Juan Ramón Jiménez) cuyo centro o eje es el ser frente a la eternidad. La gran tradición de la poesía rumana, desde Mihai Eminescu hasta Tudor Arghezi —una tradición que en España, o en lengua española, conocemos, por desgracia, de manera harto insuficiente—, se ve asumida en cada verso de Dorcescu, acrisolada en cada una de sus palabras, y enlaza con algunas de las grandes preocupaciones que, desde Mallarmé hasta Luzi o Bonnefoy, determinan el lenguaje y el mundo de la más viva poesía europea de la modernidad. 
No será inútil llamar la atención sobre Dorcescu como poeta europeo, por mucho que las condiciones sociales y culturales de su país, durante demasiados años, lo hayan aislado en gran medida en los límites de su lengua, y sólo en los últimos tiempos esta obra haya empezado a ser conocida en el resto del continente. Porque lo importante es que en la obra misma de Dorcescu están puestas algunas de las claves más hondas de la modernidad poética, y de manera muy especial lo que Mario Luzi ha llamado «la dialéctica entre la existencia y la esencia», esto es, el necesario intercambio entre la experiencia vital misma y el fondo ontológico en el que esa existencia se inscribe. Del equilibrio, de la solidaridad entre esos dos planos, depende la palabra poética; una dialéctica, en efecto, «sin la cual —añade Luzi— la poesía, al menos en nuestro sentido, no tendría lugar».              
El lector no sólo asiste en estos Poemas del Viejo a esa dialéctica sino que se sumerge en ella, la siente agitarse en la conciencia, entre ese senequismo (aquí a veces muy estricto) que toda meditación sobre la finitud implica necesariamente en nuestra tradición y un agudo sentimiento del drama, no menos característico de una parte muy significativa de esa tradición, y no sólo en su admirable fase barroca. Eugen Dorcescu nos sitúa ante ese drama con palabras al mismo tiempo desnudas e inquietantes, unas palabras que no renuncian —no pueden renunciar en modo alguno— al sentimiento del misterio, como si éste fuera el sentimiento más constitutivamente humano, nuestra más viva posesión sensible. 
Poemas del Viejo: palabras entregadas, sí, «a la liberación, al dolor, a la luz», según se lee en una de las piezas. Pero también, y ante todo, entregadas al misterio, a ese espacio (y a ese tiempo) entre existencia y esencia que nos constituye, y del que la palabra poética está llamada siempre a ser un bello, irradiante, insustituible testimonio.      





Tegueste, Tenerife, 15 de noviembre de 2011   



* Prefacio del libro Eugen Dorcescu, Poemas del Viejo – Poemele Bătrânului, Traducción del rumano: Rosa Lentini şi Eugen Dorcescu, Ediciones Igitur, Montblanc (Tarragona), Spania, 2012. El lector interesado puede encontrar una selección de poemas de Eugén Dorcescu Aquí





ANDRÉS SÁNCHEZ ROBAYNA, Poeta, ensayista, traductor, nacido en Santa Brígida, Gran Canaria, España, 1952. Estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona, donde se doctoró en 1977. Conferenciante y profesor en diversos centros y universidades de Europa y de América. Catedrático de Literatura Española a la Universidad de La Laguna, Tenerife. Fundó y dirigió las revistas Literradura (Barcelona, 1976) y Syntaxis (Tenerife, 1983-1993). Director de la sede canaria de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, así como director del Departamento de Debate y Pensamiento del Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), de Las Palmas de Gran Canaria. Dirige el Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna. Ha publicado: Poesía: Día de aire (Tiempo de efigies) (1970); Clima (1978); Tinta (1981); La roca (1984); Palmas sobre la losa fría (1989); Fuego blanco (1992); Sobre una piedra extrema (1995); Inscripciones (1999); El libro, tras la duna (2002); La sombra y la apariencia (2010); Antologías y Obra reunida: Poemas 1970-1985 (1987); Poemas 1970-1995 (1997); Poemas 1970-1999 (2000); En el cuerpo del mundo: obra poética (1970-2002) (2003); Ideas de existencia. Antología poética, 1970-2002 (2006); Diarios: La inminencia. Diarios 1980-1995 (1996); Días y mitos. Diarios, 1996-2000 (2002; Ensayo: El primer Alonso Quesada: la poesía de El lino de los sueños (1977); Tres estudios sobre Góngora (1983); La luz negra (1986); Para leer 'Primero sueño' de Sor Juana Inés de la Cruz (1991); Poetas canarios de los Siglos de Oro (1992); Estudios sobre Cairasco de Figueroa (1992); Silva gongorina (1993); Pedro Álvarez de Lugo y la moralística española del Barroco (1993); La victoria de  la representación: lectura de Severo Sarduy (1996); La sombra del mundo (1999); Deseo, imagen, lugar de la palabra (2008); Cuaderno de las islas (2011); ha publicado además tres libros en colaboración; ha editado 18 libros antologías de poetas como José Ángel Valente, Alonso Quesada, Domingo López Torres, Juan Bautista Poggio Monteverde, Pedro Álvarez de Lugo, Tomás Morales, entre otros; ha traducido a Wallace Stevens, Joan Brossa, Haroldo de Campos, Paul Valéry, William Wordworth, Oswald de Andrade, entre otros. Ha recibido el Premio Nacional de Traducción (1982) y el Premio de la Crítica (1984). 


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1 comentarios:

Unknown dijo...

El eminente Profesor, ensaysta y traductor Andrés Sánchez Robayna es, al mismo tiempo, un enorme, un extraordinario poeta. Un poeta doctus, mas no artifex. Su poesía (una poesía vital, no convencional) explora las profundidades del alma, en busca del ser, y del sentido de la existencia. A sido para mi un gran gozo y un gran honor traducirla al rumano. Conozco bastante bien la poesía europea, y aun la poesía en general, y estoy muy convencido de que mi erudito y célebre amigo, Andrés Sánchez Robayna, es uno de los primeros poetas contemporáneos, no solo en Europa, sino que en la literatura universal. Y, tambien, uno de los primeros traductores, academicos y ensaystas.
Eugen Dorcescu